EL ESTILO LITERARIO

 

El estilo es una característica propia de la expresión artística; éste irradia la particular visión de mundo y la personalidad del artista.  No puede existir un arte sin estilo como no puede ser un hombre sin características propias:
"La matemática, paradigma del pensamiento puro, es estrictamente impersonal.  No tiene sentido hablar del estilo Pitágoras en su teorema de cuadrados. El estilo es típico del arte, es la manera personal de ver la realidad." (J)

"La ciencia es genérica y el arte es individual, y por eso hay estilo en el arte y no lo hay en la ciencia.  El arte es la manera de ver el mundo de una sensibilidad intensa y curiosa, manera que es propia de cada uno de sus creadores, e intransferible." (C)

"Los retóricos consideraban el estilo como ornamento, como un lenguaje festivo.  Cuando en verdad es la única forma en que un artista puede decir lo que tiene que decir.  Y si el resultado es insólito, no es porque el lenguaje lo sea sino porque lo es la manera que tiene ese hombre de ver el mundo." (C)

El estilo no implica escribir con un lenguaje rebuscado intentando alcanzar una absoluta originalidad:
"...el estilo es una manera de ver el mundo'.
En épocas de agotamiento y refinamiento (y los dos adverbios van a menudo juntos) las formas precedentes han sido exhaustivamente exprimidas y retorcidas, y entonces se suele elogiar a los artistas por sus innovaciones técnicas, por su ingenio retórico.  En tales períodos abundan los 'estílistas', especie de masturbadores de la Nada.  No siempre son desdeñables sus adquisiciones instrumentales, sobre todo cuando otros creadores más hondos las ponen al servicio de sus búsquedas; pero cuidado con elevar a estos ingeniosos juntadores de colores o de palabras a la jerarquía de grandes artistas de su tiempo." (H)

"...comentaba Pascal: 'Cuando uno se encuentra con un estilo natural, se queda asombrado y encantado: porque esperaba hallarse con un autor y se encuentra con un hombre'.  Pero, 'estilo natural' no equivale a 'estilo espontáneo', ya que el lenguaje que surge espontáneamente es a menudo el más artificioso, debido a una subconciencia idiotizada de mala literatura.  La naturalidad y la sencillez son el resultado de un arduo trabajo de limpieza, y el propio Pascal es un ejemplo (...).
Sin embargo no debemos concluir que el trabajo ha de producir siempre una expresión menos presuntuosa. Si un tonto habla en general dirá una tontería: no hay que imaginar que machacando su idea inicial ha de lograr algún pensamiento ilustre; más bien se puede esperar que le agregue, le cuelgue, pegue, pintarrajee, una cantidad de adornos que ha visto por ahí.  A ciertas personas, pues, habría que recomendarles que no retrabajen lo que escriben, sino, crudamente que no escriban en absoluto.                                                              
Si el escritor sigue una estética equivocada, peor será cuanto más retrabaje, pues más se acercará a esos cánones calamitosos. (...)
Una realidad pobre y llena de deficiencias tiende a ser enmascarada con artificios de toda índole y, en primer lugar, con los de la lengua, provocando así una especie de 'cantinflismo' colectivo.  Con la decadencia de España comenzó a ocultarse la ausencia de contenido con formas cada vez más rebuscadas y culteranas. Muchos de los hombres representativos sucumbieron a la tentación de reemplazar sus caras vacías con caretas que representaban la tragedia, la profundidad y la sabiduría." (B)

Sábato ha dicho que la sencillez de una obra literaria no implica espontaneidad al escribir sino que requiere de un fino trabajo en el lenguaje:
"Todos los grandes escritores escriben con sencillez, pero a costa de grandes trabajos.  Cicerón: 'Hay un arte de parecer sin arte'. La sencillez produce la impresión de que no ha costado nada: a todos nos parece que podremos escribir como Tolstoi o Stendhal en cuanto nos pongamos a hacerlo." (B)

En sus ensayos encontramos  sus opiniones  respecto a los estilos de algunos escritores:
"La fuerza estilística de Pascal:
A pesar del reiterado trabajo, la prosa de Pascal muestra repeticiones y aparentes negligencias. Es que para él lo decisivo era el poder de convicción, el relieve y la fuerza; no la gris corrección gramatical ni estilística.  Sus paradojas, sus antítesis, tienen tal vigor que alguien pudo decir: 'Extiende un resorte y golpea en pleno rostro'." (B)

"Muchos Admiran a Arlt por sus defectos que creen sus virtudes.  Pero es grande a pesar de ellos, a pesar de esa mala retórica de la que no tuvo tiempo de deshacerse. Hay en sus obras demasiada 'literatura' lo que puede parecer incompatible para un hombre cuya única Universidad fue la calle. Pero es que también en la calle hay retórica, y la peor. Una retórica que se adquiere leyendo la mala literatura de las radio-novelas y las crónicas deportivas o policiales de los diarios, allí donde se lee 'equino' en vez de 'caballo' y 'precipitación pluvial en vez de 'lluvia'." (E)

"El estilo de Flaubert:
Desde luego, hay frases que por sí solas parecen resucitar toda la Edad Media, pero lo más a menudo el estilo, el famoso estilo de Flaubert, se interpone como una pantalla entre el asunto y la emoción que este asunto debe producir; una pantalla magnífica, convengo, una pantalla erizada de joyas ... Se gustaría más, al precio de algunos defectos, un estilo que diese la impresión de respirar como un ser viviente, con esa libertad que tenía Flaubert cuando no se vigilaba, cuando olvida su corona de flores de naranjo." (B)

"El estilo de Stendhal:
Como romántico genuino, tiene el mismo desprecio por los seudo-románticos que los espíritus auténticamente religiosos tienen por los beatos.  Se burla de los que ponen 'coursier' en lugar de 'cheval', defiende la verdad contra la pompa y la mistificación. El poder de este hombre, quizá el secreto de su perdurabilidad, se debe a que expresa hechos románticos en una prosa seca y antirromántica: el efecto es paradojalmente doble.  Algo parecido a lo que pasa con Kafka, que describe sus pesadillas con un tranquilo realismo." (B)

Estos escritos de Sabato, ensayos de estilos, ...a la manera de...., aparecieron publicados en 'Babelia', un suplemento del diario EL PAÍS.

"El tetrágono de Lisandro Medina"
(a la manera de Borges)

"Abulgualid Muhámmad ibn-Yussuf, heresiarca siriaco del siglo VI, en sus comentarios apócrifos sobre El libro de los Reyes, mantuvo (libro decimonono, apartado séptimo) que el doble tetrágono irregular no es una representación del Innominable, sino el propio Dios. Jorobado y falaz, no logró dirimir la secular disputa, pero sus cacofonías envilecieron considerablemente el problema.
Mil doscientos veintitrés años después, mientras caminaba en el crepúsculo por la calle Cochabamba, meditando en aquel capítulo del irrisorio gnóstico, tuve de pronto la revelación de su sentido secreto, o lo que, de alguna manera, podía ser uno de los infinitos significados de su afirmación.
Enrique Amorim me había mandado desde el Salto Oriental un ejemplar de la primera edición del Fausto criollo.  Descuidado o haragán, lo había dejado sin hojearlo sobre un anaquel de mi biblioteca.  En ese instante, la negligencia o la pertinaz estupidez me impidieron rememorar que el descuido no existe y que nada de lo que sucede en el Universo deja de estar sometido a una ley rigurosa y secreta, y que infinitos actos habían prefigurado y determinado aquel modesto acontecimiento.  Supuse (creí suponer) que el Fausto criollo quedaba abandonado en mi biblioteca por un trivial ataque de negligencia.
(Incompleto)"  (L)         


"Tatarescu es invitado a comer en casa de Marcel"
(a la manera de Proust)

"Francisca, que en lo referente a nuestras relaciones era tan inflexible y propensa a la susceptibilidad como en la realización de sus menús y que, así como no habría visto con buenos ojos que mi madre trajese alguna legumbre extraña que por azar hubiese encontrado en algún puesto de verdura, creyendo haber hecho un hallazgo para el famoso panaché que nuestra cocinera preparaba todos los viernes como un rito que obedecía a normas precisas e inalterables, de modo que la intromisión de una especie nueva o pintoresca y de origen más que dudoso podría ser, a juicio de ella, de efectos devastadores; de la misma manera, la aparición de ese rumano o lo que fuera, con un nombre tan increíble como Mirsha Tatarescu, que, para la mentalidad provinciana de Francisca, hecha a los Dupont o Delarue, constituía ya por su propio nombre una persona completamente sospechosa; la aparición de ese joven, que por añadidura era insolente y parecía no valorar el honor que se le concedía al sentarse a nuestra mesa, no sólo porque en esa ocasión estuviese presente el señor de Norpois, sino porque, lo que para ella era mucho más importante, era nuestra mesa familiar, debía provocar en su cabeza un curioso conflicto de sentimientos, que había de terminar con una sorda irritación contra las mismas personas que defendía mentalmente, es decir, contra mis propios padres, que, al fin de cuentas, eran los únicos responsables de que semejante individuo se sentase a nuestra mesa.  De modo que el exceso de veneración hacia mis padres provocaba en ella, paradójicamente, una desvalorización de ese mismo sentimiento, pues la mala opinión que Francisca tenía de los rumanos en general (gente que no sabía bien si constituían una nacionalidad o una dudosa profesión) y de ese joven poeta en particular se proyectaba maléficamente sobre los seres que más admiraba y respetaba en el mundo." (L)

 

"Calias, o la cobardía"
(a la manera de Platón)

"De dónde vienes, Sócrates?  Aunque imagino que vuelves de tu casa ordinaria.  Quiero decir que vendrás de buscar a Alcibíades.
-Tú lo has dicho, oh Calias.
-Si bien creo que ya el vello sombrea su barbilla y no está en la flor de la juventud.
-Olvidas, Calias, lo que dijo Homero: que la edad más agradable del mancebo es aquella en que empieza a apuntar la barba en su rostro.
-No lo he olvidado, Sócrates.  Mas debes convenir conmigo en que el joven Alcibíades pisa ya el umbral de la puerta por donde ha de alejarse de ti.  Pero no es de eso que quería hablarte.
-Pues dime, amigo mío cuál es el propósito que te ha traído hoy hasta aquí.  Por Zeus, que ya me muero de curiosidad: tan alejado de mí has estado en los últimos tiempos.
-Sucede, Sócrates, que mi hijo Hipólito me ha dicho que tú lo alientas en sus inclinaciones, y lejos de recriminarle su cobardía parece corno si se la elogiaras.  Y yo quiero saber si de verdad tú crees que la cobardía sea una gran virtud o si quizá te propones con él algún fin que no se me alcanza, que, sin embargo, pudiera ser de consecuencias oprobiosas para su vida.
-Los dioses no lo permitan, querido Calias.
-Pero defiendes la cobardía.
-Por cierto, Calias.
-Me asombras, Sócrates.  Siempre creí que alababas la valentía.
-Así es, Calias.
-Pues entonces no puedo comprender cómo al mismo tiempo alabas la cobardía.
-No la alabo al mismo tiempo, Calias. ¿Has oído decir a tu hijo que le haya ensalzado la cobardía y la valentía al mismo tiempo?
-No, eso no.
-¿Me has oído alguna vez, aquí o en mi viaje a Lacedemonia, alabar simultáneamente la cobardía y la valentía?
-No, no te lo he oído, Sócrates.
-De manera que mal haces en acusarme de contradicción o doblez como con justicia podrías hacer si me hubieses oído alabar a la vez la cobardía y la valentía. ¿Acaso no sientes que el calor es lo mejor del mundo cuando estás tiritando de frío durante los duros días de invierno?
-Sin duda, Sócrates.
-¿Y no ruegas por el fresco, y aun por el frío, cuando en las tórridas jornadas de verano te abrazan los rayos de Apolo al atravesar el Ágora?
-Por cierto que suspiro por el frío.
-¿Y te crees por ello una mala persona?  Quiero decir: por añorar el calor cuando hace frío y por desear el frío cuando hace excesivamente calor.
-Claro que no, Sócrates.
-¿0 por lo menos te consideras un loco, un hombre sin juicio?
-No, por Zeus.
-Más bien te consideras como una persona sensata e inteligente. ¿No, Calias?
-Tú lo has dicho, Sócrates.
-¿Así que, en tu opinión, una persona juiciosa puede alabar el frío y el calor?
-Claro que puede.
-Entonces, amigo, ¿por qué hace un momento me criticabas por haber elogiado alguna vez la valentía y en otra ocasión la cobardía? ¿No crees que el mismo razonamiento que he empleado para el frío y el calor puede se empleado para la cobardía y la valentía?
-Si tú lo dices , Sócrates, supongo que has de tener tus buenas razones para sostenerlo.
-Por los dioses que las tengo, Calias.  Pero veamos: si un hombre se encuentra con un perro rabioso, ¿no dirías que es valiente si, armado de un palo lo enfrenta y trata de matarlo para evitar que pueda morder a la gente y así traer un daño incalculable?
-Por supuesto, Sócrates.  Diría que es una persona valiente.
-¿Y no te parece que al enfrentar al perro rabioso, aunque sea armado con un palo, se expone a ser mordido por la bestia y a morir luego en medio de los horribles dolores que son propios de la rabia?
-Sin duda que se expone a tan horrible percance.
-Ahora bien: tú no quieres que un hijo tuyo pueda morir de rabia, ¿no, Calias?
-¡Ciertamente que no, Sócrates!
-De modo que, a un hijo tuyo, ¿qué le recomendarías en el supuesto caso de encontrarse con un perro rabioso? ¿Que lo acometiese con un palo o que huyese lo más pronto posible?
-Sócrates: que huyese lo más pronto posible.
-Pero, Calias: habíamos quedado en que la valentía consistía en acometer al perro con el palo, ¿no es así?
-Así es, Sócrates.
-De modo que en un caso tan riesgoso preferirías que tu hijo no fuese valiente, ¿no, Calias?
-Debo reconocer, Sócrates, que dices la verdad. preferiría que en ese caso mi hijo no fuese un valiente.
-¿Así que la valentía no siempre es recomendable?
-No siempre.
-Pero concordarás conmigo, Calias, que un padre siempre recomienda el bien a un hijo.
-Concuerdo contigo.
-Pero hace un momento dijiste que en el caso del perro rabioso le recomendarías huir, ¿no dijiste eso?
-Eso dije.
-De modo que debemos concluir que a veces la valentía no es un bien.
-Creo que es lo correcto.
-Ahora bien, Calias, ¿qué es lo contrario de la valentía? ¿No es, por ventura, la cobardía?
-Sí, Sócrates, la cobardía es lo contrarío de la valentía.
-Así que, sí la valentía no es un bien, por lo menos en ciertos casos, ha de serlo su contrario, que es la cobardía. ¿Estoy errado, Calias?
-Aciertas, Sócrates.
-Luego concluimos que la cobardía es a veces un bien, hasta el punto que un padre puede recomendarla a un hijo.
-Así lo creo.
-Y si eso crees, y si tú, que eres el padre de Hipólíto, puedes recomendarle la cobardía, ¿por qué me recriminas porque yo, que ni siquiera soy su progenitor, lo haga? ¿No te parece que el que incurre en contradicciones eres tú, querido Calias?
-Por Zeus, Sócrates: me avergüenza lo que te dije al comienzo.  Soy un asno, y además un malvado, por haber sospechado siquiera un solo momento de tus nobles intenciones." (L)

 

 

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Comentarios

es muy bueno

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Nuevos elementos que me ayudarán  a profundisar en el tema, Gracias por el trabajo puesto a disposición de todos.

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